CLASE 11

 

La Contrarreforma

La Reforma condujo a la Iglesia católica a iniciar una fuerte reestructuración interna, conocida como Contrarreforma.

Los sacerdotes y religiosos católicos de diversas regiones y estados de Europa se reunieron en el Concilio de Trento. Dicho encuentro se realizó entre los años 1545 y 1562. Allí se reafirmó la continuidad de la doctrina de la salvación por medio de las buenas obras y los sacramentos, así como se negó el postulado de ejercer la libre interpretación de la Biblia que planteaba Lutero.

Sin embargo, la Iglesia católica inició un proceso de renovación del clero y una mejor formación de sus miembros. Para ello se crearon seminarios y nuevas órdenes religiosas, entre las que se destaca la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola.

 Sus miembros fueron los jesuitas, cuya misión era evangelizar, es decir convertir a los infieles al cristianismo, de acuerdo a los preceptos de la Iglesia de Roma, a través de la creación de escuelas y universidades. Por ello tuvieron una amplia difusión en Europa, Asia y América.

El «descubrimiento» y la Conquista de América

Como vimos en al apartado anterior, los siglos XIV y XV fueron testigos del desarrollo y fortalecimiento de las monarquías europeas. Uno de los rasgos característicos fue la centralización del poder en la persona del rey y la búsqueda de consolidar estados fuertes que pudieran hacer frente al poder de la nobleza feudal. Como también señalamos, era de vital importancia que las monarquías buscaran fuentes de riqueza para ensanchar sus arcas y financiar no solo a la Corona sino también los emprendimientos comerciales que les abrieran mercados, acceso a tierras y mercancías.

En este contexto se inscribe la expansión ultramarina de los reinos de España y Portugal tanto por África y Asia como por el continente americano a partir del primer viaje de Cristóbal Colón en 1492.

Desarrollaremos a continuación las características que tuvo el contacto entre Europa y América en el siglo XV.

1492: la transformación de dos mundos

La mayoría de los historiadores consideran que hacia fines del siglo XV los profundos cambios atravesados por la sociedad dan inicio a un nuevo tiempo histórico: la Modernidad.

Uno de los cambios más significativos y que trasformó a la humanidad para siempre fue la conexión que se produjo entre el mundo europeo y el mundo americano, que se habían desconocido hasta entonces. A partir de 1492, cambió para siempre la idea que los europeos y los indígenas americanos tenían del mundo, de sus dimensiones y de sus  habitantes.

 En el marco de la expansión ultramarina europea, Cristóbal Colón (un navegante genovés) consiguió el apoyo de los reyes de España para emprender la ruta hacia el oeste. Realizó cuatro viajes entre 1492 (año de la llegada a América) y 1504. Todos los emprendió creyendo que estaba conectando Europa con el oriente asiático. El planeta Tierra era evidentemente de mayores dimensiones de las que Colón había calculado. El ansia de encontrar una vía alternativa para obtener los preciados productos orientales, especias y telas entre otros, lo llevó a unir dos mundos muy disímiles.

Colón arribó a la zona de las Antillas en América Central y allí encontró habitantes que vivían de la caza, la pesca y la recolección. Con sus experiencias de viaje, la descripción del territorio y las impresiones del encuentro con aquellos a quienes llamó «indios», Colón escribió un diario que sería no solo una fuente histórica muy valiosa para los investigadores de ese periodo sino también una fuente de inspiración para cientos de aventureros, que a partir de esas primeras experiencias se lanzaron a nuevas expediciones para explorar los nuevos territorios. Como consecuencia de esos viajes, Europa comprendió –entrado el siglo XVI– que estaba frente a un nuevo continente.

Los viajes de exploración dieron cuenta no solo de las cuantiosas riquezas que tenía América sino también de la presunta existencia de grandes civilizaciones. Este descubrimiento suscitó grandes tensiones y rivalidades entre España y Portugal por el dominio del territorio. Debido a ello, en 1494 ambas coronas firmaron el Tratado de Tordesillas, que estableció los límites territoriales para cada una. España se quedó con 1.700 leguas al oeste de las Islas Azores, mientras que a Portugal le correspondía la zona oriental (algo equivalente a trazar una línea que pase por el meridiano 40º longitud oeste).

Pero volvamos al año del «descubrimiento». Los viajes de Colón no fueron lo único que hizo de 1492 uno año trascendente. Previamente a convertirse en los financiadores del famoso genovés, los Reyes Católicos –Isabel de Castilla y Fernando de Aragón– emprendieron ese mismo año la tarea de unificar su reino. Delimitaron el territorio dentro del cual vivirían sus súbditos. La tarea fue reorganizar una unidad en donde todos hablaran el mismo idioma castellano- y profesaran la misma religión -católica apostólica y romana-.

Una de las bases sobre la que se asentaba la unificación propuesta por los Reyes Católicos era la uniformidad religiosa, por eso decidieron y decretaron la expulsión de toda la comunidad judía y de los llamados moros, que no eran otros que los descendientes de aquellos musulmanes que habían llegado a la península en el siglo VIII. Con esos actos los reyes católicos inauguraban el Estado moderno español.

Los reyes católicos establecieron medidas que implicaron un mayor control de la población, lo que convertía a los habitantes del reino en «súbditos de la corona».

Una vez llegados a América, los europeos buscaron trasladar el nuevo sistema social, ya que el control y la vigilancia eran indispensables en aquellas tierras desconocidas y habitadas por seres tan distintos y que deseaban dominar.

El etnocentrismo europeo A partir de las conquistas de España y Portugal –y más tarde de Inglaterra y Francia–, las potencias imperiales conformarían junto al continente americano una nueva realidad geopolítica y cultural común, que se denomina Hemisferio Occidental o Cultura Occidental.

Las potencias europeas confiaban en la trascendencia de su empresa de colonización. Creían en la superioridad de su propia cultura y por lo tanto justificaron su imposición sobre otros pueblos en nombre de la civilización.

Esa característica puede definirse a partir del concepto de etnocentrismo, es decir, cuando una cultura se considera a sí misma superior, respecto a otras culturas a las que considera inferiores o atrasadas. En este caso, al ser la cultura europea la que asumió esa posición, podemos hablar de eurocentrismo.

Desde esa perspectiva etnocéntrica, el centro de cultura occidental era Europa y el continente americano era una periferia colonial. El mundo americano debía configurarse a imagen y semejanza de sus dominadores europeos.

La modernidad y la colonialidad

Existe un acuerdo generalizado que considera al «descubrimiento» de América por parte de los europeos como un acontecimiento que dio inicio a la modernidad.

La modernidad se asocia a un ciclo histórico donde la razón logró imponerse sobre los dogmas religiosos y el oscurantismo. Valorizó la capacidad de análisis, exaltó la filosofía y las ciencias, la independencia de los individuos por sobre los grupos a los que pertenecían, llegando incluso a postular su igualdad ante la ley.

Las interpretaciones difieren sobre las características, impacto y transformaciones que produjo ese nuevo tiempo en las distintas sociedades. Esas interpretaciones podríamos resumirlas básicamente en dos grandes líneas: hispanista o americanista. Mientras la primera elaboró una imagen de América representada como un continente estático que «despertó» ante la llegada de los europeos, para la segunda, los pueblos americanos eran sociedades igualitarias y vivían en armonía.

Estas dos grandes líneas de interpretación sobre la conquista presentan aspectos problemáticos: la hispanista desconoce a las culturas americanas y considera que Europa contribuyó a la civilización de pueblos a los que considera que vivían en la barbarie.

La americanista si bien valora las culturas indígenas, no tiene en cuenta los conflictos internos y las luchas de poder que se dieron dentro de esas sociedades y que facilitaron la conquista europea. 

Otras interpretaciones ubican a la modernidad como un proceso que no puede explicarse sin tener en cuenta la colonialidad, es decir, sin tener en cuenta la irrupción del dominio europeo sobre el continente americano.

Mediante el ejercicio del poder colonial, no solo se explotó a hombres y mujeres, tierras y riquezas, sino también se buscó de forma deliberada terminar con sus costumbres, sus ritos religiosos y sus ideas sobre el mundo.

 Para quienes adscriben a este enfoque, la modernidad –cuando se extendió fuera de Europa– desarrolló siempre una forma de imperialismo que generó vínculos coloniales. En este sentido, sostienen que fuera de Europa no se puede ser moderno sin ser colonial.

La implementación de las nuevas relaciones de poder colonial contribuiría –entre otros aspectos– con la expansión y consolidación de la economía-mundo.

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