volvamos al año del «descubrimiento».
Los viajes de Colón no fueron lo único que hizo de 1492
uno año trascendente. Previamente a convertirse en los financiadores del famoso
genovés, los Reyes Católicos –Isabel de Castilla y Fernando de Aragón– emprendieron
ese mismo año la tarea de unificar su reino. Delimitaron el territorio dentro
del cual vivirían sus súbditos. La tarea fue reorganizar una unidad en donde
todos hablaran el mismo idioma castellano- y profesaran la misma religión
-católica apostólica y romana-.
Una de las bases
sobre la que se asentaba la unificación propuesta por los Reyes Católicos era
la uniformidad religiosa, por eso decidieron y decretaron la expulsión de toda
la comunidad judía y de los llamados moros, que no eran otros que los descendientes
de aquellos musulmanes que habían llegado a la península en el siglo VIII. Con
esos actos los reyes católicos inauguraban el Estado moderno español.
Los reyes católicos establecieron medidas que implicaron
un mayor control de la población, lo que convertía a los habitantes del reino
en «súbditos de la corona». Una vez llegados a América, los europeos buscaron
trasladar el nuevo sistema social, ya que el control y la vigilancia eran
indispensables en aquellas tierras desconocidas y habitadas por seres tan
distintos y que deseaban dominar.
El etnocentrismo europeo
A partir de las conquistas de España y Portugal –y más
tarde de Inglaterra y Francia–, las potencias imperiales conformarían junto al
continente americano una nueva realidad geopolítica y cultural común, que se
denomina Hemisferio Occidental o Cultura Occidental.
Las potencias europeas confiaban en la trascendencia de
su empresa de colonización. Creían en la superioridad de su propia cultura y
por lo tanto justificaron su imposición sobre otros pueblos en nombre de la
civilización.
Esa característica puede definirse a partir del concepto
de etnocentrismo, es decir, cuando una cultura se considera a sí misma
superior, respecto a otras culturas a las que considera inferiores o atrasadas.
En este caso, al ser la cultura europea la que asumió esa
posición, podemos hablar de eurocentrismo. Desde esa perspectiva etnocéntrica,
el centro de cultura occidental era Europa y el continente americano era una
periferia colonial. El mundo americano debía configurarse a imagen y semejanza
de sus dominadores europeos.
La modernidad y la colonialidad
Existe un acuerdo generalizado que considera al
«descubrimiento» de América por parte de los europeos como un acontecimiento
que dio inicio a la modernidad.
La modernidad se asocia a un ciclo histórico donde la
razón logró imponerse sobre los dogmas religiosos y el oscurantismo. Valorizó
la capacidad de análisis, exaltó la filosofía y las ciencias, la independencia
de los individuos por sobre los grupos a los que pertenecían, llegando incluso
a postular su igualdad ante la ley.
Las interpretaciones difieren sobre las características,
impacto y transformaciones que produjo ese nuevo tiempo en las distintas
sociedades. Esas interpretaciones podríamos resumirlas básicamente en dos
grandes líneas: hispanista o americanista. Mientras la primera elaboró una
imagen de América representada como un continente estático que «despertó» ante
la llegada de los europeos, para la segunda, los pueblos americanos eran
sociedades igualitarias y vivían en armonía.
Estas dos grandes
líneas de interpretación sobre la conquista presentan aspectos problemáticos:
la hispanista desconoce a las culturas americanas y considera que Europa
contribuyó a la civilización de pueblos a los que considera que vivían en la
barbarie.
La americanista si bien valora las culturas indígenas, no
tiene en cuenta los conflictos internos y las luchas de poder que se dieron
dentro de esas sociedades y que facilitaron la conquista europea. Otras interpretaciones ubican a la modernidad
como un proceso que no puede explicarse sin tener en cuenta la colonialidad, es
decir, sin tener en cuenta la irrupción del dominio europeo sobre el continente
americano.
Mediante el ejercicio del poder colonial, no solo se
explotó a hombres y mujeres, tierras y riquezas, sino también se buscó de forma
deliberada terminar con sus costumbres, sus ritos religiosos y sus ideas sobre
el mundo. Para quienes adscriben a este enfoque, la modernidad –cuando se
extendió fuera de Europa– desarrolló siempre una forma de imperialismo que generó
vínculos coloniales. En este sentido, sostienen que fuera de Europa no se puede
ser moderno sin ser colonial.
La implementación de las
nuevas relaciones de poder colonial contribuiría –entre otros aspectos– con la
expansión y consolidación de la economía-mundo.
El inicio de la colonización
española en América En este punto vamos a analizar cómo
fue el proceso de conquista del territorio americano comenzando por la zona a
la que arribó Colón en 1492 y finalizando con la derrota y dominio de las
grandes civilizaciones americanas: los aztecas de la zona del actual México y
los incas que dominaban en la región sur del continente americano.
Las Antillas
La primera etapa de la colonización de América se
extendió entre los años 1492 y 1533 cuando cayeron bajo dominio de los
conquistadores la zona de las Antillas y los grandes imperios de México y Perú.
En la zona de las Antillas, Colón bautizó a la Isla de
Santo Domingo y Haití con el nombre de La Española que se convirtió rápidamente
en el centro desde el cual partían las numerosas expediciones de conquista
hacia otras zonas del nuevo continente.
Las comunidades indígenas que allí habitaban, los taínos
y caribes –entre otros pueblos que habían recibido sin demasiada oposición la
llegada de Colón– pronto fueron obligados a trabajar en la búsqueda y
recolección de perlas marinas y del oro de aluvión que se podía encontrar
fácilmente sobre el cauce de los ríos.
Este descubrimiento de riquezas de sencilla obtención
convirtió a los indígenas en mano de obra obligada a trabajar en pos de la
ambición de los conquistadores instalados en sus tierras. Como consecuencia de
ello, entre 1492 y 1520 la población antillana descendió brutalmente hasta casi
desaparecer.
Al trabajo forzado se sumaron las enfermedades traídas
por los españoles como la viruela. También hicieron estragos entre la población
los factores psicológicos causados por la derrota y las nuevas relaciones
sociales impuestas, como veremos más adelante.
A partir del año 1500 los españoles dominaron las islas
de Cuba, Jamaica y Puerto Rico y fueron trasladando a la población indígena
hacia las zonas donde se encontraba el oro y las demás riquezas que deseaban
extraer.
A medida que
avanzaba el proceso, llegaban a oídos de los viajeros y expedicionarios los
rumores de la existencia de grandes imperios donde abundaba el oro, la plata y
cuantiosas riquezas además de una población de millones de indígenas.
A la par crecieron
las fábulas y leyendas respecto a lugares maravillosos y fuentes de eterna
juventud que animaban a los viajeros a embarcarse en aventuras de las que
muchos no regresaron jamás. En 1497 se habilitaron las expediciones de carácter
privado costeadas por los propios navegantes.
En 1519, un pequeño grupo de españoles comandados por
Hernán Cortés zarpó desde Santiago de Cuba hacia el norte, rumbo a la zona de
México, donde los indígenas antillanos afirmaban existía un fabuloso imperio.

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